EL CUARTO PILAR

Afirmo que he leído todos los libros de mi maestro. Algunos de ellos varias veces. Sin embargo es ahora, cuando comienza el octavo año al lado de él,  que  empiezo a descubrir la profundidad y la visión tan elevada que se encuentra contenida en ellos. La magnitud de lo que leo, y la belleza y la fuerza con que están escritos me conducen a depurar mi visión y a elevar mi (La) Conciencia. A despertar.

Y como quiera que toda mi vida me he sentido atraído con una enorme fuerza hacia la Naturaleza, hacia el conocimiento de la Madre Tierra y he comentado incluso en este blog que ha sido -y es- mi maestra, ahora que leemos y trabajamos uno de sus libros, en concreto “Islam y Shadzilíes” (Editorial Mandala http://http://www.mandalaediciones.com/autores/hayy-sidi-said-ben-ayiba-al-andalusi.asp) os quería hacer partícipes del capítulo 8, cuyo título es el mismo de esta entrada: El cuarto Pilar.

En una de las primeras entradas dejo claro que mi vía integral de desarrollo es el Sufismo. La Tradición Sufi hunde sus raíces en la promulgación Muhammadí. Por tanto es Islam su vehículo, su continente. Aunque sabemos que su conocimiento se pierde en la noche de los tiempos y es heredera de la ancestral sabiduría que regresa a nosotros desde pretéritas edades. Aquí en estas tierras de Al-Andalus, se produjo un movimiento cultural, social, religioso y de toda índole sin parangón. Fue la luz que alumbró al mundo entero durante siglos. Como en otras épocas lo fue Egipto, Grecia, Bagdad o Roma. La mayoría de nosotros reconocemos en estas naciones o ciudades de tiempos pasados  la gloria y el esplendor de una época. Sin embargo salvo en determinados círculos a la gran mayoría no le llega esta idea de que hubo un tiempo en que en esta tierra se alcanzó el culmen del conocimiento, y nuestros sabios eran solicitados por los gobernantes de todos los imperios. En cuanto a la mística, ni más ni menos que Ibn al Arabi (ibn Arabi, o vulgarmente conocido y mal traducido como Abenarabi) considerado como el Maestro de Maestros (Sheyh al Akbar, de hecho su obra se conoce como Akbarí, algo así como la del Grande), fue el creador de una ingente obra a la que se le calculan más de 300 títulos todos de la más alta mística. Inspirador de santos hombres como Juan de Yepes (San Juan de la Cruz) y aún así, sigue sin apenas ser reconocido. Entre otros muchos sabios.

Como de costumbre la historia la cuentan los vencedores, pero también sabemos que esa tan solo es una verdad a medias, y en este caso ni eso. Nuestro pasado denostado y olvidado podría ser mejor comprendido a la luz del renovado conocimiento (que no nuevo) de la mano de la Tradición. Y aunque el Sufismo no tiene afán de proselitismo, pues permanece (activamente) oculto, poco a poco va despertando de su secular sueño para ser servidor de esta humanidad con rumbo incierto.

La distancia entre el Islam que conocemos de la calle, de la imagen de algunos  inmigrantes y de los medios de comunicación, está tan alejada de la Verdad, que resulta irreconocible. Pero como todas las promulgaciones originales, entre lo que dice el defensor de una idea (sabio, místico, humanista, político, etc.) y lo que hacen con ella sus seguidores y sus detractores, tercia un abismo. Entre aquel Jesús de Nazaret dirigiéndose a sus discípulos en el sermón de la montaña, sentado en el suelo a la altura de los suyos, y la ostentación de riquezas, púlpitos y altares de algunas corrientes Cristianas también media una gran distancia. No me interesan los juicios contra nadie, sino aportar unas ideas para que se comprenda que los sencillos ideales de una doctrina, método, etc. se llegan a desvirtuar tanto que, finalmente, se hacen irreconocibles a primera vista.

Por eso transcribo  este capítulo de forma literal a continuación,  que es de una belleza y de una grandeza que no deja lugar a dudas sobre la validez actual de este ancestral conocimiento. Leedlo sin prejuicios, con la mente abierta y esperad hasta el final, si os parece. Espero que lo disfrutéis tanto como yo, que os sea tan válido como a mi, y de seguro lo seguirá siendo y en mayor profundidad con el paso del tiempo, y a luz de cada renovado estado de vuestra Conciencia. Mi admiración por estos libro es inexplicable, y es mi amor hacia toda la humanidad,  el que me hace haceros partícipes a continuación de este texto (transcripción literal):

   “No comas todo lo que puedas, pues comerás el pan de otros. No digas todo cuanto sabes, pues dirás lo que no conviene. No duermas todo cuanto quieras, pues la molicie se adueñará de tu casa”

Desde que el ser humano tuvo capacidad para conocer el ritmo de la naturaleza, observó que podía dividirla en cuatro ciclos, primavera, verano, otoño, e invierno. Y determinó que de estos cuatro ciclos era el invierno el periodo de descanso, la primavera el despertar, el verano la fructificación, y el otoño la madurez.

El poder de recreación de la naturaleza se retira en invierno, y ella se repliega sobre sí misma, descansa y se recupera del pasado esfuerzo, como una hembra que después de recién parida necesita del reposo. Los árboles en invierno parecen muertos y los animales no procrean pero, en el íntimo laboratorio de la tierra, ella se prepara para la llegada de los primeros soles primaverales, y todo se ofrecerá ante la luz con un nuevo esplendor. Será otro verdadero renacimiento donde todo vuelve a ser nuevo, donde todo brota con nueva fuerza tras el regenerador sueño invernal.

Pocas personas habrá que no se extasíen ante la grandeza de tanta Sabiduría, de ese acierto en la regulación , observando cómo la Naturaleza  instituye su propio ritmo, su propia capacidad de compensación y equilibrio.

Y nadie podrá decir que el ser humano no sea parte íntegra de la naturaleza, o que no sea interdependiente con ella para posibilitar su vida. Aunque lamentablemente no la trate con el cuidado y respeto que obligatoriamente le corresponde como deudo.

El ser humano se apartó de los ciclos de la naturaleza cuando dejó su animalidad, y sustituyó la natural inconsciencia por la conciencia y la determinación. Ahora podría liberarse de las cadenas del instinto y elegir consciente y responsablemente.

Todas las antiguas tradiciones aprendieron sus primeros pasos, tanto en la formación de las primeras sociedades, como posteriormente en las rutas del espíritu, tras la observación de los fenómenos naturales. La Naturaleza fue la primera Maestra de la humanidad.

Los primeros Maestros de Sabiduría, inspirados en la observación de los ciclos, dedujeron que si esto era la ley y necesidad para la madre tierra, para el ser humano también habría de serlo. Y buscaron la forma  responsable de adaptar los ciclos al desarrollo humano. Ellos practicaron la ciencia del ritmo, del equilibrio y la compensación, y después enseñaron a la humanidad la conveniencia de aceptar esta forma de comportamiento, siempre que el hombre quisiera retornar a su originalidad, y progresar desde ella.

Podría decidirse entre progresar por el ejercicio, y posterior desarrollo de su Conciencia -libre albedrío-, o degradarse dominado  por la tiranía del ego, último reducto del instinto básico del animal. Actuar conforme al propósito de la naturaleza perenne, o conforme a los vaivenes de la naturaleza transitoria.

Espíritu controlando a la materia, o materia dominando al espíritu. Ángel y demonio en equipo de contraste  y aprendizaje, o enfrentados en oposición por el logro de una sola supremacía que provoque el desequilibrio.

El prehomínido se liberó de la inconsciencia animal, fue dotado de Conciencia y se hizo ser humano, convirtiéndose en creador o déspota, según cada libre elección o según cada nivel de amplitud de Consciencia y Sabiduría.

Entonces los que fueron más observadores enseñaron a las gentes a volver el rostro hacia la madre naturaleza de forma consciente y con mentalidad analítica, a prestarla atención para aprender de ella con responsabilidad y para ser su copartícipe. Imponiéndose a sí mismos y de forma voluntaria, imitar los ciclos que observaban se asemejaron por voluntad propia, no ya por instinto animal, a la matriz. Y comenzaron a aprender de ella.

Observados los ciclos, el hombre comprendió que para él eran buenos, e intuyó la necesidad de crear su invierno como periodo de introspección. Los periodos del descanso y regeneración, sin los que no podría ampliar la conciencia de sí.

Los primeros maestros de la observación continuaron aprendiendo, y después enseñaron el arte del renacimiento adoptando el periodo invernal intuido, durante el que podrían recuperar los ritmos y el equilibrio perdidos. Lo que llevaron a la práctica con el retiro periódico, el ayuno, la meditación, la revisión de sí mismos, y la actualización de cada propósito hecho para la renovación.

Durante los periodos de recogimiento para la propia transformación tras la observación del medio, y de sí mismos integrados en él, nació el arte de la meditación que conduce a la Sabiduría, y por la Sabiduría al descubrimiento de la propia Trascendencia.

Esto fue lo que nos legaron entre tantas otras cuestiones; la forma de aprender a renovarnos para ser Sabios, y siendo Sabios poder alcanzar la comprensión de la Trascendencia en nosotros. Esta enseñanza quedó como una de las técnicas necesarias en el proceso de desarrollo íntegro que, guardado en el seno de las Antiguas Tradiciones, llegó hasta nuestros días desde la más remota antigüedad.

La tradición Sufi, como escuela heredera de la antigua Sabiduría, transmitida por la enseñanza Muhammadí, lo llamó Ramadán.

RAMADÁN es un vocablo árabe derivado del verbo Ramada, cuyo significado es el de transformar en cenizas. De él procede el sustantivo Ramda´a, que indica calor, y da su nombre a un mes del calendario árabe, el mes de Ramadán, dedicado a este ejercicio del que hacemos alusión.

Dar calor hasta transformar algo en cenizas, esto es lo que Ramadán significa. Y como el ilustre D. Juan Ramón  Jiménez decía:”Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas”. Nosotros decimos hoy aquí que Ramadán no significa ayuno, ni penitencia, ni cosa otra alguna más que aquello que en su nombre se contiene: “Transformar en cenizas”.

Pero … ¿qué es lo que hay que transformar en cenizas?¿Qué es lo que ha de ser eliminado? Decíamos que la sabia naturaleza utiliza para su regeneración el ciclo del invierno. Pero no se repliega sobre sí misma en el invierno si previamente no ha eliminado, durante el otoño, todo cuanto no debe de continuar subsistiendo. Lo que ya no es útil y pertenece a un pasado caduco. Los árboles se desprendieron de sus frutos, de sus hojas, de sus viejas ramas. Y los dejaron caer al suelo para que, sobre los restos de esa experiencia pasada resurgiera con nueva fuerza otra lozana primavera.

De manera semejante, y siguiendo las enseñanzas de la Tradición Sufi, el discípulo se retira a su interior una vez al año durante su invierno. Durante el periodo de un mes refuerza su convicción de practicar aquellas ancestrales enseñanzas heredadas de la Tradición. Sus actividades diarias se mantienen con normalidad, pero se cuestiona el curso de su vida por si hubiera algo que modificar. Ayuna durante el día para regenerar su organismo, como ayuna la naturaleza para renacer con más brío. Elimina de sí todo cuanto ya no es válido, al igual que los árboles sueltan las hojas muertas; pesadumbres, deudas, enfados, etc., cargas estériles todas ellas. Y las transforma en cenizas, según el concepto de Ramadán, en la hoguera de nuestras vanidades.

Por medio del ejercicio del ayuno comparte con los menos afortunados la experiencia del hambre, y comprende por su propio sentir la necesidad de la práctica del Zakat, que comentábamos en el capítulo anterior. Por lo que su sentimiento de solidaridad ya no nace tan sólo de las emociones, fáciles de olvidar, sino de la vivencia personal aun cuando fuera transitoria.

Recupera el ritmo de sus días, si lo hubiera perdido, equilibra sus carencias y queda por ello compensado. Por sus propósitos de progreso, y en el ejercicio de la meditación y de la revisión, refuerza la convicción de la ruta elegida y perfecciona el ejercicio de la profunda mirada.

Pacifica la oposición entre ego y Conciencia, convirtiendo a ambos aspectos de su naturaleza en dos caballos que tiran de un mismo carro en un mismo sentido. Pues ego y Conciencia ¡no han de ser enemigos!, sino instrumentos de diversa función colaborando en el proyecto común del despertar, cada cual desde los atributos propios de su naturaleza.

Y en su corazón sentirá que se reaviva una nueva llama, un nuevo y genuino calor según el contenido de la palabra Ramadán. ¡Literalmente! Pues al igual que la naturaleza madre ha salido renovada de su invierno después de haberse descargado de lastres inútiles, también el practicante renace como un nuevo proyecto con nuevo brío.

Fortalecido desde el conocimiento que nace de su propio contraste, gozará sobre sí del calor de un sol nuevo, y aprenderá a vestirse o con nueva primavera.   (Fin de la transcripción).

Esto es lo que hay detrás del ayuno, ni más ni menos. Como periodo de introspección, de análisis profundo del momento por el que pasamos y que, generalmente, nos muestra que vivimos muchos periodos de nuestra vida dando vueltas en un remolino sin salida. Repitiendo los mismos patrones de conducta, dilapidando nuestro proceso. El poder del ego es manifiesto, y si queremos salir de ese vórtice sin fin, es posible hacerlo a la luz de este concepto explicado de forma tan profunda, y a la vez tan sencilla en este capítulo.

Pero cualquier día puede ser bueno para quemar nuestras viejas creencias en la “hoguera de las vanidades”; cualquier día puede ser válido para desnudarnos del hombre viejo, hecho de caducos conceptos, de cargas y de culpas, y alumbrar al hombre nuevo hecho de luz, sabiduría y Paz.

En la creencia de que es así, de que llega otro tiempo para esta humanidad y de que es posible la paz y la concordia entre los pueblos aún en la diferencia. Pues las diferencias son enriquecedoras si las aceptamos como una cualidad posible y plausible. Y no si las vemos como una amenaza que no se sustenta más que en viejos conceptos, que no conducen a ninguna parte. Y ya que antes nombré a ese ilustre murciano, maestro de maestros, Ibn al Arabi, termino con un poema suyo que ilustra esto que decimos:

El Amor es mi Religión

“Mi corazón se ha hecho capaz de adoptar todas las formas.
Es pasto de gacelas y convento de monjes cristianos,
Templo de ídolos, Kaaba de los peregrinos,
Tablas de la ley judía y el libro del Corán
…Yo vivo en la religión del amor,
dondequiera que me lleve su cabalgadura, 
ahí está mi religión y mi fe”

Encuentros con el Maestro. Intentando atrapar la Verdad…

He vuelto a leer la primera entrada que escribí con este título.  Había olvidado que antes de responderme con: “La verdad, demasiado contenido para tan poco continente”, me dijo previamente: ¿”Y como la reconocerás cuando te la encuentres”?

Han pasado varios años desde entonces y aquí seguimos intentando comprender todo lo que acontece a nuestro alrededor. A sabiendas de que lo que se mueve en torno mio me está hablando permanentemente de mi. De mi estado interior, de mis errores y también de mis aciertos. Todo este periplo hasta ahora nos ha hecho un poco más sabios, pero aún observo mis carencias y todavía no me siento bien conmigo mismo. Es este medio tan interesante para compartir y me veo incapaz de sacar tiempo para hacer una nueva entrada. La anterior de hace unos días, fue creación de mi maestro y con la ayuda de mis hermanos del Sendero.

Como sabéis, hemos creado un espacio para la meditación en nuestra sala. Lo que hacemos cada jueves por la noche es desmenuzar un tema, un concepto. Lo miramos desde varios ángulos, tratamos de ponernos de acuerdo y acabamos la reunión con una meditación. Estas semanas he ido observando como suceden las cosas y cuan difícil es acertar con las palabras, tratando de alumbrar sin deslumbrar (como dice el maestro), con la única intención de aportar lo mejor de nuestra experiencia por si a alguien le sirve. No hay afán de proselitismo, ni ningún otro interés, tan solo darle sentido a lo que aprendemos, y os aseguro que es un verdadero placer, aún cuando a veces la desazón ante la dificultad para expresar lo que hay dentro, y hacerlo comprensible, quiera apoderarse del momento.

Y acerca de la verdad hemos comentado también en estas reuniones. Mi estrategia ha sido poder mostrar que aunque todas las verdades son necesarias, pues son la diversidad, llega un momento que debemos estar dispuestos a dejarla ir para aceptar otra que nos eleve, que nos permita seguir avanzando. Es el enorme poder del ego el que nos impide desprendernos de nuestras viejas creencias, salir de nuestra parcela de seguridad.

Hacíamos un ejercicio de simulación. Imaginábamos que teníamos ante nosotros a un grupo de presos por motivos de racismo y xenofobia. Eran presos peligrosos y nuestra misión era la de tratar de convencerles de que su odio racista no tenía ningún sentido. Que el concepto “raza” no era real y que la Biología hacía mucho que lo había demostrado. Con este fin, leíamos un pequeño resumen extraído del libro “Invitación a la Biología”, el libro de 1º que se emplea en la mayoría de las Universidades de todo el mundo. Un precioso libro hecho por cuatro mujeres, que rezuma conocimiento y sensibilidad por los cuatro costados. El resumen de este trabajo de investigación sobre las razas (dentro del capítulo donde se muestra el camino de evolución de la especie humana y de nuestros ancestros) era simple y contundente: “No hay evidencia biológica alguna que demuestre la división de la especie humana en las distintas razas atendiendo al color de piel y demás caracteres asociados. Solo son singularidades en base a la más estricta ley de adaptación de la especie a un entorno determinado. El concepto “raza” es cultural y nada más. Se practica el racismo y se seguirá haciendo, pero no responde a ninguna verdad objetiva”. Suponíamos que estos presos nos habían escuchado y habrían entendido lo que decimos, pues es bien simple.

El ejercicio de simulación continuaba con esta pregunta a los que estaban en la reunión: ¿Creéis que alguno de ellos cambiará su actitud después de haber escuchado una verdad contundente como esta, que no deja el menor resquicio para la duda? Aunque sea una demostración científica y no una disertación filosófica, ¿será suficiente para que algunos de estos hombres cambie de opinión? La respuesta de todos fue que probablemente no fuera suficiente, y que alguno de ellos incluso, solo vería un intento vano de lavado de cerebro. Así que la respuesta mayoritaria fue el NO.

Y en el fondo no importa la historia de ficción inventada, sino la respuesta que esperaba de ellos que me permitía un buen campo de trabajo. Seguimos diciendo que aferrarse a nuestra verdad genera sufrimiento innecesario. Que la verdad de este momento  ha sido válida hasta aquí, pero que probablemente es el momento de abandonarla en virtud de otra mayor. Que sencillamente explique mejor el instante presente. Nada más, no como una opinión en contra de otras, sino como una aproximación hacia una mejor comprensión de las cosas, que nos permita comprendernos y comprender. Tolerarnos y tolerar. Así, veíamos que aunque había una verdad “mejor” (creemos) en ese trabajo de investigación, que no fue aceptada, pero no por eso dejaba de ser verdad.

Por eso es que nos acercamos al maestro, al guía, porque maneja una verdad más elevada, no más elitista, sino todo lo contrario, más simple, más sencilla, más útil. Un concepto renovado es aligerar la carga. No es perder nada, más al contrario, es ir recuperando la simplicidad original, para ganarlo “Todo”. Para ir acercándonos poco a poco, de forma vivencial a la Única Verdad, la de que Todo es Uno. Y ese Uno se manifiesta en todo. Allí donde todo es amor, donde no cabe la diferencia entre blancos y negros, entre creyentes y no creyentes, entre practicantes de cualquier religión, ideología, etc.

No se si conseguimos hacernos entender. Nuestra intención era demostrar que la verdad está siempre delante nuestro, pero por diversos motivos o no podemos, o no queremos verla, pero eso no la invalida. Estará esperando a ser abrazada. Todo esto fue para crear una atmósfera propicia para charlar acerca del  tema principal de la noche (como si este de la verdad no fuera suficiente), acerca de la muerte. Y concluimos que no podíamos hablar de la vida y de la muerte como algo existente por si mismo. Sino que necesariamente teníamos que hablar de lo vivo y de lo muerto, como un estado comparado con el anterior. Que un ser vivo, tras su muerte, automáticamente se llena de otra vida o de otras formas de vida, y estas darán paso a otras. Lo que nos hacía pensar que todo lo viviente no es sino una cadena de procesos continuados  con un principio que nos remontaría al instante que surge la vida en este planeta, y que la Biología calcula que fue hace unos 3800 millones de años. Así que la vida y la muerte, en si mismas, no existían sino como un todo en constante cambio. Toda la existencia material es un un continúo pasar de un estado a otro, sin detención. Nada se ha parado desde entonces y nada se va a detener, aún cuando nuestro ego se empeñe en decirnos lo contrario. Pues el concepto de Transitoriedad le asusta sobremanera. La idea de inestabilidad le aturde y le llena de temor, pues no le gusta la idea de la modificación permanente, de tener que abandonar su parcela de seguridad, su creencia, su verdad.

Decíamos que venimos a este plano de la existencia sin que nadie nos pida permiso para ello. Y nos vamos igualmente. Lo único que sabemos de cierto es que vamos e extinguirnos. No sabemos cuando, ni como, ni donde, pero sabemos que ocurrirá. ¿Porque algo que debería ser tan normal todavía nos paraliza y nos asusta? ¿No será porque nos sentimos vacíos, como con demasiadas cosas pendientes de hacer y que siempre vamos dejando para mañana? Por eso nuestra conciencia no se muestra tranquila, porque de un modo u otro intuye un más allá incierto.

La conclusión a la que llegamos es que entre ese instante al que llamamos nacimiento y ese otro al que nombramos muerte, entre ambos, está lo que entendemos como vida y eso es lo más importante del proceso. Aprender a vivir. Y por ello nuestra insistencia en que lo ideal para aprender, es escoger un método y un maestro. El dominio sobre el ego es la piedra angular del proceso, a partir de ahí cualquier cosa es posible. Pero el ego es conocido como el “padre de la mentira, el gran mentiroso”. Y responde a la más estricta ley de conservación de la especie y por tanto con millones de años de antigüedad, de recursos. No es enemigo fácil. De hecho es el único.

Hay un místico actual, del siglo XX, Osho, que de vez en cuando nos sirve como inspiración. Como tantos otros no dejó casi nada escrito. La mayoría de su obra literaria en realidad está escrita por los que le siguen, así que siempre hay que andar con cuidado. Pero como quiera que fuera, me topé en una ocasión con un pequeño escrito suyo que se presentaba como los 10 mandamientos de Osho (como diez principios o consejos). Me llamó poderosamente la atención uno de ellos. Decía así: “No ha más Dios que la Vida misma”. Como quiera que uno lleva ya algunos años tratando de descifrar el mensaje de estos guías, maestros, etc., después de mucho pensar, termino dándoles la vuelta a estos mensajes con el fin de leer entre líneas lo que nos quieren transmitir. Mi conclusión, la respuesta que me ayudaba a comprender a este místico (irreverente), me vino desde uno de los libros de mi maestro. Decía en uno de ellos (en la mayoría de los 12 que ha escrito): “Allí donde mires encontrarás el rostro de Dios” “Suyos son el este y el oeste”. Creo que son enseñanzas extraídas del Corán. Vengan de donde vengan, en esto nos esforzamos, en ver a La Divinidad en cada cosa y en cada ser humano.

La verdad se nos muestra esquiva porque pretendemos atraparla en el tiempo. Mantenemos un concepto a toda costa pues el miedo a lo que viene después nos atenaza. Pero todos hemos pasado por esto. De forma más o menos consciente,  todos hemos modificado nuestra visión sobre un concepto cualquiera. La humanidad entera, como colectivo, lo ha hecho repetidas veces aún con las enormes dificultades con las que se encontró la nueva idea, la nueva visión, el novedoso concepto. Desde el geocentrismo renovado de Ptolomeo (digo renovado pues esta cosmovisión pertenecía a las más antiguas civilizaciones), hasta el heliocentrismo de Copérnico allá por el siglo XV, hasta su plena integración siglos más tarde (El papa Juan Pablo II en 1992, rehabilitó a Galileo 359 años después de que fuera condenado por la Iglesia), pasando por tantos y tantos conceptos, todos en algún momento,  hemos abrazado una nueva idea surgida desde las cenizas de la anterior. Una nueva creencia que nos permita convivir en armonía. Una nueva verdad, que como las anteriores, no tardaremos en desechar, esperando la nueva buena por venir. Y así hasta el fin de nuestros días.

Como decía Jesus de Nazaret: “La verdad os hará libres”. Recordando que es cambiante, como todo en el Universo, es durante un breve espacio de tiempo y que la nueva realidad, seguro, nos traerá más Sabiduría y por tanto más Paz.

Volviendo al inicio, cuando el maestro me dijo ¿como la reconocerás? No hemos aprendido mucho desde entonces pero algunas conclusiones hemos sacado:

  • No existen verdades absolutas, tan solo aproximaciones.
  • Por tanto, más me vale estar preparado para la siguiente.
  • Respeta a tu semejante, pues el también cree tener la suya.
  • Si se acerca a ti, trata de ser prudente, no vayas con tu ímpetu a causar el efecto contrario.

Si eres un buscador de la verdad, no te esfuerces demasiado en buscarla fuera de ti. Un místico Sufi, Mansur al Hallaj, dijo: “Yo soy la Verdad. La Verdad es Yo”. Y lo ahorcaron, pues no entendieron. Mi maestro me dice: “La única distancia que hay entre tu y La Divinidad  es tu ignorancia”. Y recuerdo ahora aquí un hermoso hadiz: “No me abarcan los cielos ni la tierra, pero si el corazón humano”. Allí está la Verdad en  nuestro corazón, hacia allí es a donde  debemos dirigir la búsqueda. “Pues estoy más cerca de ti, que tu vena yugular”.