¿Quién soy?

La entrada a la que  me asomo en esta ocasión es para tratar sobre esta pregunta con el fin de encontrar una respuesta que nos sirva para seguir avanzando en este proceso de descubrimiento de nuestra “verdadera naturaleza”.

He tratado de razonar una respuesta a partir de las múltiples versiones de lo que entiendo que “no soy” esencialmente.  Razonamos acerca de la utilidad de los conceptos, de la importancia del lenguaje y de la dificultad, a veces, para poder expresar y hacernos entender. Cuando digo que no soy, quiero decir que a lo largo de nuestra existencia vamos siendo distintos personajes que finalmente vamos dejando atrás. Somos padres y dejamos de serlo en el sentido que nuestros hijos emprenden su viaje en solitario (como lo hicimos nosotros). Vamos dejando atrás distintos trabajos, amigos, vecinos de barrio cuando nos marchamos. Incluso cuando nos mantenemos en el mismo lugar durante largo tiempo, vamos madurando y los que te rodean puede que no te reconozcan. En nuestro trabajo, con la familia, amigos, esa madurez, nos permite ir abandonando el “viejo personaje” y abriéndonos a otra forma de afrontar nuestras relaciones. Otro personaje. Por tanto se suceden las etapas, y de nuevo nos hacemos la pregunta ¿quien soy? Soy el de antes, el de ahora, o el que seré probablemente mañana. Por tanto somos un “algo” en movimiento. Todos los personajes que he sido y que seré no son”Yo”, me son útiles para el proceso, pero no son lo esencial de mi.

El ego es memoria, recuerdos, experiencias pasadas. Conceptos adquiridos por la educación y en el lugar de nacimiento. Nacionalidad, religión, determinadas costumbres morales, sociales, inclinaciones políticas, etc. Aprendidos (a veces incrustados hasta la médula) y vividos sin ponerlos en tela de juicio, sin revisarlos.  Y nuevas experiencias y conceptos  acuñados por nosotros mismos surgidos a partir de los anteriores. ¿Los hemos revisado?

Con otra educación, cultura, etc. tendríamos  otras experiencias y el personaje dejaría de ser el mismo. Misma estructura física pero distinto personaje. Luego entonces ¿porque aferrarse a lo que somos hoy? ¿No sería más productivo revisar nuestras creencias y adaptarnos a las circunstancias pero sin identificarnos con el personaje?

La vida entera es un escenario que podemos utilizar para crecer. O podemos ser devorados por la idea de “esto soy” y por tanto debo desplegar todo un abanico de avalorios para confirmar (mantener)  esa imagen. Es una elección. Mientras que la primera opción me permitirá conocerme y  llegar a descubrir mi verdadera naturaleza, la segunda, terminará por oprimirme y poner una distancia insalvable entre lo que es verdaderamente circunstancial de nuestras vidas y lo que somos realmente. Entre la persona que fui y que durante años alimentó la quimera del personaje (sin ser consciente) que creía que el mundo de las apariencias era la realidad definitiva. Y el que soy ahora, y que ha aprendido que todo es un escenario (el Dunia de los Sufis, el Maya de los hindúes, el mundo ilusorio en definitiva)  con múltiples posibilidades y que todas juegan a mi favor. Eso de “mi” que ha evolucionado, eso es lo que “SOY” realmente. Conciencia insertada en el ser humano, cuyo atributo, la consciencia intelectiva, le permite soñar con la Eternidad.

Soy el que se empeña en desvelar el misterio de porque se me ha colocado donde estoy. Qué se me quiere decir en cada instante. Y para ello utilizo todos los escenarios posibles e interpreto múltiples personajes. Y dejo de Ser YO, cuando a través de ese mundo ilusorio las cosas (objetos, enseres), o las personas me entretienen y me atrapan.

Esa consciencia intelectiva, prestada a la materia, finalmente alcanza el culmen en el ser humano, capaz de intuir la Trascendencia. El periplo le lleva desde el mito, como primer atisbo de la naciente razón en busca de respuestas, hasta la observación científica. Pero esta será siempre limitada y mediatizada por los sentidos, aún cuando el intelecto humano haya permitido al hombre dotarse de un extraordinario soporte tecnológico capaz de “estirar” los sentidos hasta niveles insospechados. Con sus poderosos radiotelescospios escruta  el firmamento en busca de respuestas. Incontables datos para gestionar y finalmente, no le quedará más remedio que aproximar, interpretar para hacer comprensible lo que ve. ¿Donde se encuentran los límites de la razón y del discurso científico (al que no tenemos nada que objetar)? En los conceptos, en las creencias. Finalmente el científico (la ciencia) verá lo que quiera ver o lo que sea capaz de interpretar. Y esa es la realidad que finalmente surge, la que se alimenta. O acaso no lo hemos visto en innumerables ocasiones que ante los mismos datos surgen distintas teorías e interpretaciones. Distintas percepciones. Años más tarde con mejores medios se desarrollan nuevos modelos que rectifican o anulan los anteriores.  Nada nuevo, y en mi opinión,  así debe ser.

Desde la alegoría escriturística, Dios manda a Adán a que ponga nombre a las criaturas. Desde ahí surge el concepto “yo” y todo lo demás. Nombrar las cosas, es decir, crear conceptos con los que entenderse o destruirse. Un ejemplo en la más reciente actualidad;  ahora, tras el proceso de sucesión a la corona española, se avivó  el eterno dilema de si Monarquía o República. Al margen de la legalidad vigente, que nadie cuestiona, lo que si parece cuestionable es que los tiempos cambian y para nuevos tiempos, quizá deberíamos dotarnos de diferentes herramientas que permitan la convivencia entre todas las partes.

A mi entender, los pueblos tienen todo el derecho a decidir quienes son sus representantes. Lo hacemos con el Jefe del Ejecutivo, con los alcaldes, los parlamentarios, etc. ¿Porque no con el Jefe del Estado? Es un debate tan simple, tan obvio, que no merece la pena siquiera comentarlo. ¿Y que nos divide? El nombre. Si elegimos al Jefe del estado, somos una República y por tanto republicanos. Con toda la carga cultural que conlleva el concepto. Sencillamente ¿porque no elegimos y no le ponemos nombre?  ¿Porqué no nos convertimos en una realidad sin nombre? No podemos. Si el concepto se tambalea o se vuelve confuso, la criatura se tambalea con él, que es a donde quiero ir y no al debate estéril de monarquía o república.  Los republicanos son antimonárquicos y los monárquicos, antirrepublicanos. Es aquí donde está el inconveniente. Nombramos algo y nos volvemos enemigos, pues lo que “yo” considero que es tal cosa, me convierte en enemigo acérrimo de los partidarios de la otra opción. Es la eterna visión dual, generando la separatividad constantemente.  El concepto, la creencia nos vuelve a separar. Esta entrada no pretende alimentar ningún debate. Era sólo un ejemplo para poner claridad.

Mi verdadera naturaleza, está alejada de los conceptos, ideas, creencias, etc. Pues es eterna, incorruptible y no dual. Es Conciencia pura evolucionando a través de toda la Creación, y el culmen del proceso, el Ser Humano, el continente capaz de albergar esa consciencia intelectiva. Causa primera y última que nos hacer ser lo que somos y que no encontraremos buscando en ninguna minúscula porción de genes que presuntamente deberían ser la respuesta a esa diferencia notable entre nosotros y nuestros parientes más cercanos, los grandes simios. Los estudios más vanguardistas sobre esa diferencia en la expresión genética dice que en algunos casos  tan solo un escaso 1 % nos separaría de ellos. En el caso del gorila, cuyos estudios han terminado recientemente, la diferencia apenas llega al 0,6 %.  Y cuando los científicos miran allí, no encuentran ni rastro de nada que justifique tal  diferencia. Claro, es imposible encontrar nada, allí donde nada hay. La materia es materia, y la Conciencia es inmaterial. Su único rastro perceptible son los actos del ser humano. Su creatividad y también su capacidad destructiva, son la impronta visible de la insalvable diferencia entre nosotros y los homínidos que hoy día comparten con nosotros el mismo espacio-tiempo.

Y nuestra capacidad de amar por encima de todos los rastros posibles. El amor, tan traído y llevado a pesar de que nadie puede conceptuarlo, tan solo sentirlo. Y cuando creas sentirlo, verás que puede dar otro giro, otra vuelta de tuerca para integrar más, para dar más. Es interminable la opción de amar, no tiene fin. No tiene más barrera que el concepto. No tiene otra frontera que la ignorancia y la precipitación del ser humano.

Si verdaderamente somos algo, somos amor surgido desde donde únicamente puede surgir todo. Los que hemos aceptado la existencia de un Único Principio Creador, o Dios, o como quieras llamarlo  decimos; ¿de dónde podría surgir ese amor y hacia donde se dirige si no es hacia Ello Mismo?  El Creador amándose a Sí Mismo a través de la criatura humana. ¿Que otra cosa puede ser?

Tomate un tiempo para reflexionar sobre esto. Lo que creas ahora mismo, vendrá un mañana que lo aniquilará. Y así hasta el fin de tus días. Luego nada de eso eres. Tu personalidad forjada a partir de  múltiples experiencias no es más que un vehículo para Tú evolución. Y ese “Tú” verdadero, es el mismo de todos los seres humanos. Eres Uno, pues eres único. Y eres múltiple, pues eres uno entre todos tus hermanos de la raza humana. Y más allá incluso, Hermano de toda la Creación, desde la mas ínfima partícula hasta esas descomunales formaciones cósmicas. Hermano con todo. Hijo del TODO.

Luego ¿quien Soy? Como decía el místico Mansur al Hallaj; “Yo soy la verdad. La Verdad es Yo”.